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IV.- LAS CALZADAS
El
crecimiento sostenido del sistema romano de calzadas hasta llegar al
máximo de 90.000 kilómetros construidos se desarrolló siguiendo
un esquema lógico. En principio, todas las calzadas principales se
construyeron por y para el ejército, por lo que muchas de ellas se
adentraban más allá del dominio romano, hasta los territorios
hostiles del otro lado de la frontera. Pero al mismo tiempo, la
construcción de calzadas y la sustitución de los viejos senderos
mejoró las comunicaciones dentro del Imperio tanto para el ejército
como para el gobierno y, andando el tiempo, también para el
comercio y la población en general.
La más famosa es
probablemente la primera, la Via Appia, que se construyó en el 312
a.C., una calzada que conectaba Roma con Capua.
La Via Appia considerada como "la
reina de las calzadas"
El trazado de la
ruta
Las
calzadas romanas son particularmente famosas por la rectitud de su
trazado, pero no se deben imaginar como líneas pintadas en un mapa.
En primer lugar, los romanos no disponían ni de mapas fiables a
escala ni de brújulas, y sus instrumentos de topografía eran mucho
menos exactos que los actuales, que dependen de lentes ópticas. No
obstante los oficiales del ejército tenían un sentido especial
para captar la geografía de las zonas en las que se movían.
Las calzadas seguían
siempre rutas lo más directas posibles, y corrían prácticamente
en línea recta durante distancias considerables. Ahora, cómo se
las arreglaban los topógrafos
para trazar esa línea recta, es un auténtico misterio. Resulta
relativamente fácil unir dos lugares que se ven a campo abierto, a
través de una llanura, incluso aunque no tengas mapa; sin embargo,
es mucho más difícil trazar una línea recta en un terreno montañoso
o de bosques entre dos puntos que no se ven uno a otro, o bien, en
cualquier tipo de terreno, entre dos lugares muy distantes.
Por lo tanto, aunque no
exite prueba de ello, resulta bastante obvio que el trazado de la
ruta incluía dos tareas diferentes.
- La primera de ellas
consistía en establecer la ruta a seguir. Es probable que para
ello se utilizara una línea de señales luminosas, quizá por la
noche, aunque es más probable que se hiciera al amanecer o a la
puesta del sol. Desde cada una de estas señales se veían la
anterior y la siguiente, y mediante un difícil proceso de ajuste,
se iban moviendo hasta formar una línea recta que se convertía
en el trazado provisional.
- La segunda tarea
consistía en transformar esta línea ideal en una ruta práctica,
ya sobre el terreno. Cuando éste, entre dos señales, no
presentaba grandes obstáculos, entonces se trataba sencillamente
de seguir esa misma ruta provisional, marcada con estacas o
piedras a intervalos regulares. Sin embargo, si en algún punto se
encontraba un río ancho o un terreno especialmente difícil,
entonces se variaba la línea para dar con una ruta más sencilla.
Como es natural, las señales
luminosas se colocarían en puntos elevados, y por eso es aquí
donde con frecuencia podemos encontrar leves cambios de dirección.
La groma. El topógrafo
la plantaba firmemente en el suelo, comprobaba que estuviera
perfectamente horizontal por medio de las pesas de plomo, y luego
miraba a lo largo de los brazos para trazar una línea recta o un óngulo
recto.
La estructura
Las
primeras calzadas, que eran algo así como murallas tumbadas sobre
el suelo, se hacían con bloques de piedra lo bastante grandes como
para que permanecieran en su lugar por su propio peso. En cuanto a
las calzadas posteriores, las hay muy diversas, aunque de vez en
cuando se encuentran algunas muy parecidas en puntos muy diferentes
del Imperio.
Según Vitruvio, un
ingeniero militar romano, una calzada ideal tenía que constar de
cuatro capas, statum, rudus, nucleus y pavimentum ,
aunque en este campo, al igual que en los demás, el genio de los
romanos consistía en su capacidad de adaptarse a sus necesidades y
a los recursos de cada región.
La fuerza de la calzada
residía en sus cimientos, el statumen. Cada subsuelo requería un
tipo diferente de cimientos: por ejemplo, los suelos duros del norte
de África necesitaban muy pocos, y los terrenos rocoso de los pasos
alpinos no necesitaban cimientos en absoluto; sin embargo, en los
suelos blandos de la mayor parte de Europa era esencial contar con
unos cimientos sólidos que evitaran que el peso del tráfico
terminara por destruir la calzada. Normalmente bastaba con ir
colocando piedra desmenuzada, dispuesta en capas, aunque en los
terrenos pantanosos había que poner a cada lado una hilera de
troncos que la sujetara en su sitio, y en los suelos de las ciénagas,
había que construir la calzada entera sobre una plataforma de
troncos y maleza.
A excepción de las zonas
en las que la calzada necesitaba una cimentación especial, como por
ejemplo en las ciénagas, era esencial que el agua de la lluvia
permaneciera sobre la calzada el menor tiempo posible, ya que tanto
la superficie como los cimientos se estropearían si el agua se
filtraba hasta el suelo por debajo de la calzada. A causa de esto,
todas las calzadas romanas estaban un poco combadas o ladeadas, para
que el agua escurriera y no se quedara en la superficie. Luego,
fuera ya de la calzada, se excavaba el terreno para que formara una
pendiente a cada lado, que terminaba en una zanja ( fossa ) a
unos dos o tres metros de distancia, en un suelo que se había
dejado sin vegetación.
Superficies de gran
calidad
El
pavimento, o la summa crusta , tenía que ser a la vez duro y
uniforme; la dureza dependía de la calidad de la piedra utilizada,
la uniformidad de la habilidad de los constructores. En algunas
calzadas, como por ejemplo en la Via Appia, la superficie estaba
formada por losas bien pulidas y colocadas cuidadosamente sobre un núcleo
de arena y cal. Estas grandes losas no eran como los adoquines que
utilizamos nosotros para pavimentar sino que, al igual que las
piedras exteriores de las murallas romanas, tenían una forma
puntiaguda por abajo, para que se agarraran con más firmeza al núcleo.
Sin embargo, era más frecuente que la superficie estuviera
compuesta de grava que se apisonaba con piedras muy grandes o con
troncos de madera tirados por hombres o animales y que se hacían
rodar sobre la calzada para conseguir una superficie compacta y
uniforme.
Construcción de una
calzada. Las fosas se cavan bastante por delante de la calzada para
quitar el agua del terreno en el que hay que trabajar; el topógrafo
marcha también a la cabeza, para que se vayan retirando las rocas y
la vegetación de acuerdo con la ruta definitiva.
La curvatura de la calzada
servía como primera defensa contra el agua, y el excelente
pavimentado de la superficie no dejaba ninguna grieta por donde se
filtrara la lluvia, además de proporcionar la uniformidad necesaria
para circular por ella. La superficie de las calzadas de grava
estaba hecha necesariamente con una mezcla especial de materiales
finos y gruesos para que formaran una capa dura al apretarlos.
Los ingenieros romanos eran muy
meticulosos, un ejemplo más de ello se puede observar en esta calle
de Pompeya, un ingenioso sistema de bloques sobresalientes en el
pavimento permitía a los peatones cruzar las calles cuando llovía
mucho, sin impedir la circulación de los carros.
Medidas de la
carretera
No
hay ningún nombre que se asocie específicamente con la construcción
de calzadas, como sucede por ejemplo con el de Sexto Julio Frontino
y los acueductos. Sin embargo, el biógrafo Plutarco al escribir
sobre Cayo Graco, un político que vivió en el siglo II a.C., nos
cuenta que fue él quien introdujo la legislación acerca de la
construcción de calzadas, y que además se encargaba de supervisar
personalmente dicha construcción. También dice que se encargó de
que todas las calzadas estuvieran medidas en millas y marcadas con
miliarios.
El hito militar estaba
constituído por una columna de piedra, de 3 a 6 metros de altura y
de 0,50 a 0,80 de diámetro. En general cada monumento llevaba las
indicaciones siguientes, más o menos por este orden: nombre del
emperador que había abierto o hecho abrir la vía o bien se había
cuidado de su conservación a no ser que se tratara de una
dedicatoria cortesana; el número de años en ejercicio del pretor o
del cónsul local; la letra M (milla) o L (lugar), seguida de una
cifra que indicaba la distancia; y a veces, como complemento, la
letra P (paso o passus), acompañada de una última cifra.
Un miliario romano que se alzaba junto a
la Via Appia, a 19 kilómetros y medio de Roma.
La indicación de las
distancias era muy variable, ya que podía referirse al cruce con
otra vía. Cuando se trataba de la cercanía de una ciudad, las
millas se contaban desde las últimas casas que la limitaban.
Finalmente, las cifras podían indicar la distancia de la frontera más
próxima. A veces, estas indicaciones se multiplicaban sobre el
hito, para referirse a varias ciudades o vías adyacentes.
La milla romana medía
1.481 metros y constaba de 1.000 pasos de 1,48 metros, pero los
romanos conservaban a veces las medidas locales, como la legua gala
de 2.222 metros; en tal caso, el hito se denominaba legario.
Un carro con un hodómetro
acoplado. Este instrumento hacía caer un guijarro en un cuenco de
metal a cada milla. El carro se fabricaba con ruedas especiales, de
cuatro pies romanos (1,2 m) de diámetro, y doce y medio (3,7 m) de
circunferencia. Así, 400 vueltas de las ruedas hacían una milla
romana.
En las carreteras
importantes se colocaban entre las piedras miliares tabellarii,
piedras selladas en el margen de las aceras y que, sin inscripción,
señalaban la décima parte de una milla o estadio; así
ofrecían una perfecta similitud con nuestros mojones hectométricos.
Frecuentemente se han confundido con apeaderos, y hoy no existen prácticamente.
En encrucijadas importantes
se colocaban algunas piedras miliares de sección hexagonal, como la
que figura en Tongres (Bélgica), y que indica el camino que se ha
de emprender para llegar a las ciudades próximas, cuyas distancias
se indican. Finalmente, en algunas grandes ciudades, hacia el forum,
se fijaban tablillas de piedra o de mármol, que llevaban grabado el
nombre de las ciudades limítrofes, con su distancia respectiva.
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